Por más de medio siglo, el rock tuvo en Ace Frehley una figura de otro planeta. No solo por su alter ego —“The Spaceman”— dentro de KISS, sino por la forma en que su guitarra parecía dialogar con el cosmos: eléctrica, impredecible y siempre un poco fuera de órbita. Este 17 de octubre, el mundo despertó con la noticia de su muerte, a los 74 años, tras sufrir una hemorragia cerebral derivada de una caída en su casa. Una despedida abrupta, casi poética, de un músico que vivió al borde de su propio universo.
Frehley fue mucho más que un guitarrista con maquillaje metálico y botas de plataforma. Era el esqueleto rítmico y la chispa creativa detrás de algunos de los riffs más reconocibles de la historia del rock. Detroit Rock City, Shock Me, Cold Gin… cada nota llevaba su sello inconfundible: un sonido cargado de distorsión, energía y ese toque de caos que solo los genios entienden cómo controlar.
Nacido en el Bronx en 1951, Paul Daniel Frehley creció entre el ruido de la ciudad y las luces de neón que pronto inspirarían la teatralidad que lo haría famoso. Su ingreso a KISS en 1973 cambió la historia de la música para siempre. Con él llegó no solo una guitarra agresiva y elegante, sino una identidad escénica que convirtió los conciertos de la banda en una experiencia casi cinematográfica. “The Spaceman” no era solo un disfraz: era una declaración de principios.

El ascenso de KISS fue meteórico, y Ace fue parte esencial de esa explosión de cultura pop, merchandising y actitud sin precedentes. En los años setenta, los niños querían sus máscaras, los adolescentes imitaban sus solos, y los adultos se escandalizaban con su descaro. Pero detrás del maquillaje había un artista sensible, un perfeccionista que entendía el valor de una buena melodía tanto como el de un buen espectáculo.
Su vida fuera del escenario, sin embargo, fue igual de intensa. Frehley nunca ocultó sus excesos con el alcohol y las drogas, ni las fracturas personales que lo llevaron a alejarse de la banda en más de una ocasión. En entrevistas posteriores reconoció que la fama y la presión lo habían hecho perder el control más de una vez. Pero incluso en sus caídas, Ace mantenía algo de dignidad salvaje, esa que distingue a los músicos que no temen mostrar sus heridas.

En los últimos años, su figura había adquirido una dimensión casi mítica. Los fans lo veneraban como el último vestigio del rock sin filtros, ese que no necesitaba algoritmos ni estrategias de marketing. En 2023 lanzó su último álbum en solitario, 10,000 Volts, un trabajo crudo y honesto que confirmaba que su fuego creativo seguía intacto. “No me interesa sonar moderno”, dijo en una entrevista. “Me interesa sonar como yo”.
Tras conocerse la noticia de su fallecimiento, Paul Stanley escribió en X: “Ace fue más que un guitarrista, fue una fuerza cósmica que transformó nuestra música y nuestras vidas. Nadie tocaba como él, nadie vivía como él”. Gene Simmons, su eterno compañero y rival, fue más conciso pero igual de emotivo: “Vuela alto, Spaceman. El universo era tu escenario”.

La muerte de Ace Frehley marca el fin de una era. En un mundo donde el rock parece diluirse entre playlists y nostalgia, su legado recuerda por qué este género fue, durante décadas, una forma de vida. Su guitarra no solo acompañó canciones, sino que fue la banda sonora de una generación que aprendió que ser diferente era, en sí mismo, una forma de libertad.
En algún lugar, entre los ecos del Bronx y la inmensidad del espacio, debe sonar ahora un riff eterno. Y allí está Ace, con su Gibson Les Paul plateada, tocando una nota que nunca termina de apagarse.










