Primer vistazo a Mistura, la nueva cinta protagonizada por Bárbara Mori que tiene como eje la gastronomía peruana
La más reciente propuesta cinematográfica de Ricardo de Montreuil nos transporta a la Lima de 1965, una ciudad vibrante y en plena transformación, donde la gastronomía peruana se convierte en el eje narrativo de la historia. Este filme no solo destaca por su cuidada ambientación histórica y su mirada a una época crucial para la identidad cultural del país, sino también por situar a la cocina peruana como auténtica protagonista, celebrando sabores, tradiciones y encuentros alrededor de la mesa.
Considerada ya como una de las producciones nacionales más esperadas del año, la película combina drama, cultura y memoria colectiva en un relato que promete emocionar tanto a cinéfilos como a amantes de la gastronomía. Con un elenco de primer nivel y una dirección que apuesta por resaltar lo mejor del patrimonio culinario del Perú, esta obra se perfila como un hito dentro del cine peruano contemporáneo.

Aquí compartimos nuestras primeras impresiones sobre una cinta que busca dejar huella en la pantalla grande y en el paladar emocional del espectador.
“Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir”, escribió César Vallejo en uno de sus versos más memorables. Aunque Mistura se presenta, a primera vista, como una historia centrada en la gastronomía peruana, Ricardo de Montreuil le imprime al filme un aire de poesía y un trasfondo de desamor. A través de la mirada serena y penetrante de Bárbara Mori, Norma Piet —su personaje, una mujer conservadora que refleja la Lima de 1965— se convierte en la voz del Perú desde la cocina, pese a tener raíces francesas. Con ello, deja en evidencia ante una sociedad clasista y descarada que su verdadero valor radica en la forma en que enfrenta y supera las adversidades de la vida.

Han pasado ocho años desde que Ricardo de Montreuil estrenó su último largometraje, Lowriders (2016), pero el director peruano tenía claro que su siguiente paso debía ser especial: una verdadera “carta de amor al Perú”. Así nació Mistura, un proyecto que combina cine, historia y gastronomía para rendir homenaje a la identidad cultural del país. Para hacerlo realidad, Montreuil convocó al productor peruano Iván Orlic, ampliamente reconocido en la industria por su trabajo en la biografía cinematográfica Pelé (2016).
Además, reunió a dos rostros que marcaron su debut en la gran pantalla con La mujer de mi hermano (2005): Christian Meier y Bárbara Mori, quienes regresan bajo su dirección para encarnar personajes clave en esta nueva historia. La apuesta no solo es un guiño a su trayectoria, sino también una manera de reforzar la conexión emocional con el público latinoamericano.
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En varios sentidos, Mistura es el proyecto más maduro y logrado de Montreuil desde su última incursión en festivales internacionales. Su cuidada ambientación en la Lima de 1965, el énfasis en la gastronomía como elemento narrativo y la sensibilidad poética que atraviesa la cinta marcan un punto de evolución en su carrera. La película no solo busca conquistar a los espectadores locales, sino también abrirse un espacio en el panorama internacional, donde la cocina peruana y la fuerza de sus historias pueden resonar con audiencias de todo el mundo.
El guion se construye como un melodrama clásico, un género profundamente apreciado en Latinoamérica, donde los personajes se mueven entre tensiones de clase, amores imposibles y duelos personales. Desde el inicio se revela que Norma creció marcada por la influencia francesa de su padre embajador, aunque lo esencial de la trama se desarrolla dentro de su propia casa. Allí, esta mujer blanca, aristocrática y emocionalmente fracturada, convive con un mayordomo afroperuano (César “Pudy” Ballumbrosio), una cocinera (Hermelinda Luján) y un chef nikkei (Tomás “Toshi” Matsufuji). Ese microcosmos se convierte en un reflejo metafórico de la diversidad cultural que define al Perú.
La verdadera fortaleza de la película, sin embargo, reside en su lenguaje visual, gracias al trabajo del director de fotografía Nicolás Wong. La reconstrucción de la Lima de 1965 se muestra con una textura única, lograda mediante lentes Panavision antiguos, lo que otorga autenticidad y un aire nostálgico a cada plano.
Aunque para algunos los periódicos puedan parecer simples elementos de utilería, en Mistura cumplen un papel narrativo fundamental: recrean la atmósfera de una época en la que las críticas gastronómicas y los anuncios impresos podían definir el destino de un restaurante. Un ejemplo brillante de ello es la escena en la que se presenta una página ficticia informando que David Rockefeller degustó anticuchos en el Rímac durante una visita diplomática, recurso que refuerza la sensación de historicidad y contexto social que atraviesa toda la cinta.

Por otra parte, aparece la figura central: Bárbara Mori se convierte en el pilar de Mistura y representa, al menos, el 60 % de su impacto. A diferencia del dramatismo evidente que mostró en producciones como Rubí o Treintona, soltera y fantástica, aquí la actriz se apoya en la contención para dar vida a Norma, una mujer que enfrenta el dolor de la traición con fisuras emocionales. Mori logra un acento limeño convincente gracias al acompañamiento de su coach actoral, Óscar Beltrán, y desarrolla un recorrido interpretativo que transita desde la frialdad y el control hasta la exposición de su vulnerabilidad. Cuando el personaje comprende que su vínculo con la gastronomía era esencial en su destino, deja atrás la fachada aristocrática. Presenciar ese proceso de liberación femenina resulta cautivador.
César Pudy Ballumbrosio sorprende en su primera aparición en el cine, aportando autenticidad y sensibilidad a través de la relación con Mori. Su interpretación destaca por la fuerza de los gestos y silencios, convirtiéndose en la representación de un Perú afrodescendiente invisibilizado en esa época. Un poema que recita sobre romper normas simboliza el espíritu de la película.
Por su parte, Christian Meier interpreta a un esposo infiel con un perfil oscuro y desagradable, un rol poco común en su trayectoria, pero efectivo en cada aparición. Su hijo, Stefano Meier, encarna al joven rebelde que desafía las convenciones, reflejando el contraste entre lo moderno y lo tradicional de los años sesenta.

La puesta en escena destaca por integrar la comida como parte esencial de la narrativa. Los platos, como el “estiradito” que fusiona influencias peruanas y japonesas, reflejan el mestizaje de la gastronomía nacional. Norma encarna la huella francesa en esa mezcla, aportando una lectura política sobre herencias y resistencias culturales. Aunque los sabores abren el apetito, lo central es el lenguaje íntimo y la idea de comunidad. En un país donde la comida es identidad, pocas películas habían retratado con tanto cariño esa unión entre cultura y emociones.











