Hay artistas que se conforman con dejar huellas sobre el suelo, y hay otros —como Duki— que aprenden a volar sobre él. Mauro Ezequiel Lombardo, el nombre detrás del fenómeno argentino, ha logrado construir un universo donde la música, la introspección y la autenticidad se entrelazan hasta borrar los límites entre la realidad y la leyenda. “Yo soy Duki y Mauro, a veces las separo”, dice con serenidad. Pero esa división no implica conflicto, sino una danza constante entre el hombre y el personaje: entre quien observa el mundo desde el anonimato y quien lo conquista con rimas que llenan estadios.
El camino de Duki es el reflejo de una generación que encontró en el trap un lenguaje propio. Desde sus primeros versos en El Quinto Escalón, el mítico semillero del freestyle porteño, el joven de Almagro comenzó a construir una identidad basada en la crudeza y la vulnerabilidad. En 2016, lanzó su primer sencillo, “No vendo trap”, una declaración de principios que marcaría el inicio de una revolución musical en Argentina. Aquella frase —más que un título— fue un grito de independencia: el recordatorio de que su arte no se vende, se siente.
Hoy, casi una década después, Duki es un artista en plena madurez. Ha pasado por la fama, los excesos, las luces que deslumbran y las sombras que acechan. Pero ha aprendido a mirar con claridad. Lo canta en “Golfista”, uno de los temas más personales de su último disco: “Hoy estoy más ciego que nunca, pero nunca vi tan claro”. Ese verso encapsula su presente: una etapa donde el artista se reconcilia con su pasado y el hombre encuentra paz en lo cotidiano.

Su Duki World Tour es la materialización de todo aquello que soñó cuando improvisaba en las plazas. En cuestión de meses, ha recorrido Estados Unidos y gran parte de Sudamérica: Colombia, Perú, Ecuador, Chile y, más recientemente, México, donde logró un sold out en el Palacio de los Deportes. Cada presentación es una explosión de energía, un ritual colectivo donde miles de personas se reconocen en sus letras. Pero detrás del escenario, el ritmo cambia. En habitaciones de hotel, Duki vuelve a ser Mauro: un chico que escribe, que observa, que respira entre vuelos y aviones.
“Estoy en un momento muy lindo, los shows son increíbles, no tengo que quejarme”, confiesa. Pero luego matiza, con la honestidad de quien ya ha visto ambos lados del éxito: “El cansancio existe, es una realidad. A esta altura de mi vida lo llevo a otro lado; estoy más preparado que nunca física y mentalmente”. Hay en sus palabras una madurez serena, la de alguien que entiende que la fama no es una cima, sino una curva. Que después del ruido, llega el silencio, y en ese silencio también se crea.

Esa búsqueda interior se cristaliza en 5202, su más reciente álbum. Para Duki, el disco representa una vuelta a los orígenes, un viaje hacia el lugar donde todo comenzó: la pasión sin presión, la creatividad libre, la música hecha por placer. “Hice 5202 porque necesitaba expresarme. Necesitaba sentir que sigo disfrutando esto, que amo esto, que sigo teniendo la capacidad de romper, desarmar, crear y volver a amar”, explica.
Durante poco más de 31 minutos y a través de 11 canciones, el disco despliega un retrato íntimo del artista. No hay pretensiones ni artificios; hay verdad, ritmo y alma. Cada tema dialoga con el siguiente, construyendo una narrativa que va del desahogo a la reflexión, de la arrogancia del éxito a la humildad del reencuentro. Es un álbum que suena a renacer.
El título 5202 no es casualidad. Es 2025 leído al revés, un gesto simbólico: el deseo de recorrer el camino en sentido contrario, de detenerse y volver a empezar. “Arranqué soñando lo imposible”, recuerda. “Después llegaron los logros, las metas, los premios… y cuando cumplís todo, te preguntás: ‘¿Y ahora qué queda?’. Lo que me queda es eso: volver a arrancar donde estaba antes”. Esa sinceridad es quizás el secreto de su conexión con el público: un artista que, pese a las luces y los récords, se permite dudar, caer y reconstruirse.

A sus 29 años, Duki no solo es una figura central del trap hispano; es un símbolo de resiliencia. Ha llenado el estadio River Plate en dos ocasiones —un hito reservado para leyendas—, ha llevado su música a los videojuegos, ha protagonizado un documental sobre su vida y ha exportado el sonido de una generación. Pero, lejos de la grandilocuencia, lo que más lo enorgullece es la capacidad de seguir sintiendo.
“Yo sabía que en la música iba a hallar eso: felicidad”, dice. Y aunque su camino lo ha enfrentado a la soledad, la presión y el vértigo del éxito, Duki ha encontrado la forma de sostenerse: no olvidando quién era antes de que llegara todo. En un género que muchas veces glorifica el exceso, él elige la introspección. En una industria que acelera, él aprende a detenerse.
En su historia hay una lección silenciosa: el verdadero vuelo no se mide por la altura alcanzada, sino por la capacidad de regresar al punto de partida sin perder la esencia. Mauro mantiene los pies en la tierra. Duki, en cambio, sigue aprendiendo a volar. Y entre ambos, en ese espacio intermedio, se escribe una de las trayectorias más fascinantes de la música contemporánea latinoamericana.










