Arón Piper (Berlín, 1997) nunca fue un chico común. Incluso su nombre refleja esa singularidad: no Aarón, como dictaría la tradición bíblica, sino Arón, libre de ataduras y de cualquier carga religiosa que pudiera marcarlo desde la cuna. Un gesto aparentemente simple que, en realidad, anticipaba la libertad con la que crecería. “En mi casa nunca ha habido prejuicios y se me ha permitido ser lo que yo quisiera, como si elegía ser satánico o decidía identificarme con una silla. Y me alegro mucho de que se me haya apoyado así”, confiesa con una sonrisa tímida y orgullosa. Esa autenticidad, transmitida por unos padres de valores férreos pero abiertos, lo acompañaría siempre.
Lejos de la imagen de ídolo adolescente que la fama proyecta, Arón se muestra introspectivo, incluso vulnerable. Hoy, tras años de idas y venidas, se reconoce cómodo en sus múltiples pieles. “Por fin me he encontrado a mí mismo”, afirma, casualmente en sintonía con el nombre del perfume del que es embajador: MYSLF.

El encuentro sucede en un estudio madrileño, refugio creativo donde ha pasado horas desentrañando su sonido y donde, precisamente, dio forma a su álbum debut. Un proyecto íntimo y trabajado durante más de tres años que decidió lanzar en agosto, sin buscar el impacto viral, sino como un alivio personal. “No busco el pelotazo, quiero una carrera de fondo. Si me vuelvo masivo, encantado, y si me escuchan cuatro gatos durante 20 años, perfecto”, sentencia desde un sofá que parece su diván.
La música, para él, siempre fue un viaje emocional. De aquel adolescente que encontró en el rap una vía de escape durante años oscuros, rodeado de energías negativas, a este presente donde el pop y el funk se abren paso para abrazar la luz. Sin embargo, la melancolía sigue latiendo en su obra. Lo demuestra un verso de Lunes, una de las canciones más crudas de su álbum: “Ya es lunes y ojalá que el tiempo se parara. Despierto y no tengo ni fuerza ni ganas”. Arón da contexto con honestidad: “Mi adolescencia fue complicada. Cuando me mudé a Madrid con 17 años, entré en una depresión bastante heavy”

Esa sinceridad desarma cualquier cliché de “chico malo” que el público pudiera tener. Aunque reconoce que esa coraza le sirvió como protección, hoy se permite mostrarse más humano. “Sé que tengo una imagen de malote, pero es solo una forma de esconder mi vulnerabilidad. Trato de mostrarme más sensible, aunque voy a mi propio ritmo”.
Es aquí donde surge, de manera natural, el tema de las llamadas nuevas masculinidades. Arón no titubea: “Me identifico con ellas. Aunque hombres buenos, sensibles, que lloran y que son feministas sin necesidad de decirlo, siempre han existido. Somos iguales que las mujeres, o incluso más sensibles, solo que desde pequeños nos enseñaron a ocultar las emociones. Por desgracia, sigue existiendo en redes la absurda tendencia del ‘macho alfa’, como si todos los días hubiera que salir a cazar para la mujer”.
Este posicionamiento contrasta, pero también dialoga, con el personaje que lo catapultó a la fama mundial: Ander en Élite. Con él, Arón llegó a más de 20 millones de hogares en su primer mes de emisión. Una exposición descomunal que lo convirtió en referente global y le otorgó un ejército de seguidores que hoy roza los 11 millones en Instagram. ¿Volvería a ser Ander? “Sí, podría ser divertido. Una temporada no, pero un capítulo, sí, siempre que sea con el reparto original”, confiesa con complicidad.

De aquel grupo que revolucionó la ficción española, aún mantiene vínculos estrechos. “Me llevo muy bien con Ester Expósito y con Itzan Escamilla. Hay otros a los que no veo tanto, pero cuando nos reencontramos, el cariño sigue intacto”. Y aunque entre risas admite no ser de los que sobreviven en grupos de WhatsApp, queda claro que la esencia de esa familia profesional sigue viva en él.
Hoy, Piper se abre camino con paso firme en la música, cargando menos con la máscara del “malote” y más con la certeza de que la vulnerabilidad también es una forma de poder. Como artista, como hombre y como símbolo de una generación que ya no teme llorar, amar ni mostrarse sensible, Arón Piper es la prueba de que lo auténtico siempre resuena más fuerte que cualquier pose.











