Diez años después de su separación de Javier Merino, la modelo se sincera sobre el «shock» de su ruptura, el pacto secreto para proteger a sus hijos y el sacrificio personal que vive cada semana por su custodia compartida.
En el mundo de la alta sociedad, hay rupturas que marcan una época, y la de Mar Flores y Javier Merino fue, sin duda, una de ellas. Tras 18 años de relación y 15 de matrimonio, lo que parecía una unión inquebrantable llegó a su fin en 2016, dejando al público en busca de respuestas que solo ahora, una década después, comienzan a ver la luz. En un ejercicio de honestidad brutal, la empresaria y modelo ha decidido abrir el baúl de sus recuerdos más íntimos para revelar cómo se gestó el final de su historia de amor y cómo ha logrado construir una de las relaciones de «ex» más modélicas del panorama nacional.

El «shock» de una ruptura inesperada: «Pensaba que se reconduciría»
A pesar de la imagen de control que siempre proyecta, Mar Flores ha admitido que el final de su matrimonio no fue algo que ella viera venir con claridad. «Yo no me esperaba que me iba a separar. Esto me cayó así», confiesa con una vulnerabilidad que traspasa la pantalla. Aunque era consciente de que el matrimonio atravesaba horas bajas, su intención era luchar: «Yo sabía que las cosas estaban mal, pero pensaba que se iban a reconducir».
Sin embargo, fue Javier Merino quien tomó la decisión definitiva. Mar analiza hoy, con la perspectiva que da el tiempo, los factores que dinamitaron la convivencia: la asfixiante crisis económica de 2008 que afectó los negocios de Merino y una falta de madurez propia para gestionar la situación mientras criaba a sus hijos pequeños. «Yo acababa de dar a luz a unos mellizos… estaba yo sola tirando para adelante», recuerda sobre aquel momento de máxima tensión emocional y familiar.
Un pacto de honor: Ni abogados, ni peleas por dinero
Habiendo vivido anteriormente un divorcio traumático con Carlo Costanzia, Mar Flores tenía una prioridad absoluta: no repetir los errores del pasado. Al sentarse con Javier para disolver su matrimonio, ambos sellaron un pacto de caballeros que se ha mantenido intacto hasta hoy. «No hubo abogados, no hubo peleas por dinero», subraya con orgullo.
La clave de su éxito actual reside en una amistad profunda que ha permitido que sus hijos —Beltrán, Mauro y los mellizos Bruno y Darío— apenas sientan el impacto de la separación. De hecho, la pareja mantiene una de las custodias compartidas más singulares: los niños no se mueven de la casa familiar. Son Mar y Javier quienes entran y salen cada semana del domicilio, asumiendo ellos el trasiego logístico para garantizar la estabilidad de los menores. «El gran trauma lo tengo yo cuando me tengo que ir de casa cada semana», admite Mar, evidenciando el sacrificio personal que conlleva este acuerdo.

Reinventarse desde las cenizas
Tras el divorcio, el camino no fue fácil. Mar tuvo que enfrentarse al reto de volver a empezar profesionalmente en un momento en que el acoso mediático era insoportable. Lejos de rendirse, se refugió en su faceta de empresaria, creando su propia marca de moda ante la dificultad de regresar a los focos de inmediato.
Hoy, convertida en finalista de programas de televisión junto a su hijo Carlo y disfrutando de su faceta como abuela (con un nieto ya nacido y otro en camino de la relación de Carlo con Alejandra Rubio), Mar Flores atraviesa una etapa de plenitud. Su historia con Javier Merino ya no es una herida abierta, sino una lección de madurez: la prueba de que se puede dejar de ser pareja sin dejar de ser familia.










