En medio del escándalo por sus reuniones clandestinas con empresarios chinos, el mandatario cayó tras solo cuatro meses en el poder y el Parlamento ya se alista para elegir a su reemplazo
Perú amaneció otra vez con la sensación de estar atrapado en un ciclo interminable. Un presidente más que no termina su mandato. Un Congreso que vuelve a ejercer su poder de censura. Y un país que observa, entre la incredulidad y el cansancio, cómo la estabilidad política se convierte en una promesa fugaz.
Esta vez, el protagonista de la caída es José Jerí. Con apenas 39 años y apenas 130 días en el cargo, fue destituido por el Congreso en una sesión marcada por acusaciones graves, cálculos electorales y un debate que por momentos rozó el caos.
Su salida convierte al próximo mandatario en el octavo presidente en una década que no concluirá su periodo. Una cifra que resume la fragilidad institucional que atraviesa el país.
El escándalo que encendió la mecha
La censura no cayó del cielo. Durante semanas, el nombre de Jerí estuvo ligado al llamado “Chifagate”, como se bautizó el escándalo por sus reuniones secretas con empresarios chinos.
Todo comenzó con la filtración de un video: el entonces presidente ingresando encapuchado y con lentes oscuros a un restaurante de comida china cerrado al público en Lima. No era una cena privada cualquiera. Dentro lo esperaba Zhihua Yang, empresario vinculado a negocios de seguridad y construcción de hidroeléctricas.
Las imágenes despertaron sospechas inmediatas. Luego aparecieron más registros de encuentros con Yang y con Ji Wu Xiaodong, este último señalado por presuntos vínculos con una organización dedicada al tráfico ilegal de madera y que, pese a cumplir arresto domiciliario, visitó Palacio de Gobierno en tres ocasiones.
Jerí insistió hasta el final en que no cometió delito alguno. Calificó las reuniones como “errores de forma”. Pero las versiones cambiantes y el hermetismo terminaron por erosionar su credibilidad.

Un Congreso en modo electoral
La sesión que definió su destino estuvo atravesada por otro factor clave: las elecciones generales del 12 de abril. A ocho semanas de los comicios, las bancadas calcularon cada voto pensando en el impacto político.
Agrupaciones como Fuerza Popular, liderada por Keiko Fujimori, optaron por no respaldar la censura argumentando que no era momento de desestabilizar más al país. Sin embargo, el resto de bloques sumó los votos necesarios.
Con 75 votos a favor, la moción prosperó. El presidente encargado del Parlamento, Fernando Rospigliosi, convocó de inmediato a un nuevo pleno extraordinario para elegir al sucesor.
Una popularidad que se desplomó
Cuando asumió tras la caída de Dina Boluarte, Jerí gozaba de un 58% de aprobación. Representaba, para muchos, un intento de renovación frente a la crisis de seguridad y gobernabilidad.
Pero el escándalo cambió el panorama. Una encuesta de Datum Internacional reveló que el 68% de los peruanos lo consideraba sospechoso de actos de corrupción.
El respaldo ciudadano se evaporó tan rápido como llegó.

La carrera por Palacio
Ahora, el foco se traslada al Congreso. Este miércoles 18, los parlamentarios elegirán a un nuevo presidente del Legislativo, quien asumirá automáticamente la jefatura del Estado por sucesión constitucional hasta el 28 de julio.
Entre los nombres que suenan están José María Balcázar, Edgar Raymundo, Héctor Acuña y María del Carmen Alva, esta última señalada como la favorita del bloque mayoritario.
La votación será presencial y secreta. El desenlace podría definir no solo el liderazgo inmediato, sino el tono político de los próximos meses en un país que se acerca a elecciones generales en medio de una crisis persistente.
Un país en espiral
El debate parlamentario dejó frases contundentes. Hamlet Echeverría, uno de los impulsores de la moción, sostuvo que no se trataba de errores, sino de presuntos delitos. Otros intentaron cambiar la figura de censura por una vacancia que requería más votos, pero el intento fracasó.
La escena final fue simbólica: Jerí abandonando Palacio de Gobierno en la tarde del martes, notificado formalmente de su destitución.
Perú vuelve a enfrentar la misma pregunta que lo persigue desde hace años: ¿cuánto puede resistir una democracia cuando la estabilidad se convierte en excepción y no en norma?
El país se encamina a elegir en abril a un nuevo presidente en las urnas. Pero antes deberá atravesar otra transición exprés. Otra página más en una década marcada por la incertidumbre.
Y mientras el Congreso se prepara para votar nuevamente, el reloj político sigue avanzando en una nación donde el poder parece tener fecha de caducidad anticipada.






