San Sebastián, octubre de 2025. Una tarde gris, de esas en las que el Cantábrico parece respirar nostalgia, La Oreja de Van Gogh levantó la mano para decir “aquí estamos”. Lo hizo con la serenidad de quien ha aprendido a callar los rumores, a resistir el paso del tiempo y a reencontrarse con su propia historia. Lo hizo, sobre todo, con un nombre que durante años pareció imposible de volver a pronunciar junto al grupo: Amaia Montero.
El regreso de la vocalista original no es solo una noticia musical: es el cierre y a la vez el comienzo de un ciclo que marcó a toda una generación. Después de meses de especulaciones, publicaciones en blanco y frases enigmáticas en redes sociales, el comunicado oficial confirmó lo que los fanáticos intuían desde hace tiempo: La Oreja de Van Gogh inicia una nueva etapa con Amaia de nuevo al frente.
“Volver juntos al local de ensayo y sentir que todo sigue aquí, que el tiempo nos estaba esperando donde lo dejamos…”, escriben en un texto que más parece una carta de amor que un anuncio corporativo.

El comunicado, firmado por Álvaro Fuentes, Haritz Garde, Xabi San Martín y la propia Amaia, desprende una emoción contenida, una calidez que parece escrita entre lágrimas y risas. Mencionan un año de trabajo en silencio, en su “escondite en el mundo”, San Sebastián, donde han estado componiendo nuevas canciones y revisitando viejas melodías. Y, en medio de esa intimidad, se revela también una ausencia: la del guitarrista y fundador Pablo Benegas, quien ha decidido dar un paso al costado para dedicarse a su familia y nuevos proyectos.
No hay dramatismo en el tono, solo gratitud. “Nuestro querido Pablo sigue formando parte del grupo —dicen—, aunque esta vez no subirá al escenario con nosotros”. Es una despedida temporal, un adiós que suena a pausa.
El regreso de Amaia se venía gestando en susurros desde hace más de un año, desde que Leire Martínez —la voz que tomó el relevo en 2008— anunció su salida en octubre de 2024. En aquel momento, el grupo habló de diferencias personales y de una etapa que llegaba a su fin. “Ha sido una decisión dura y difícil, pero llega después de mucho tiempo de reflexión”, escribieron. Palabras elegantes, pero que dejaban entrever un cambio mayor.

Las redes, mientras tanto, comenzaron a agitarse. Amaia había reaparecido públicamente tras un largo silencio y, entre entrevistas y gestos sutiles, parecía reconciliarse con su pasado. Su amiga, la actriz Cayetana Guillén Cuervo, incluso deslizó sin querer la noticia meses antes:
“Ella me pidió que no lo contara… pero me dijo que iba a volver. Y yo no se lo dije a nadie”, confesó con nerviosa ternura en televisión.
La confesión, entonces, pasó casi inadvertida. Hoy, cobra otro sentido.
Hay algo profundamente simbólico en que todo ocurra en San Sebastián. La ciudad que los vio nacer, aquella donde un grupo de adolescentes decidió hacer canciones sobre la lluvia, la memoria y los amores que se pierden en una esquina del tiempo.
El reencuentro no fue casual: según se sabe, el grupo ha pasado el último año trabajando en nuevas canciones que mezclan la esencia melódica de sus primeros discos con una mirada más madura, más íntima. La Oreja de Van Gogh parece querer volver a lo esencial: la emoción pura, el relato sencillo que siempre fue su fortaleza.

La nota que publicaron en redes —un fondo blanco acompañado del mensaje “Solo juntos tiene sentido”— se convirtió en una declaración de intenciones. El blanco como símbolo de renacer, como una hoja nueva después de años de silencio y distancia.
La banda no solo anunció su regreso: también adelantó que en 2026 emprenderán una gira internacional que recorrerá España y Latinoamérica. Un regreso esperado, casi ritual, para quienes crecieron con Cuídate, La playa o Rosas.
Pero más allá de la gira o las canciones, lo que emociona es la carga emocional de este reencuentro. Amaia y el grupo, después de casi dos décadas de caminos separados, parecen reencontrarse en un punto donde la madurez sustituye al reproche y el tiempo se convierte en un aliado.
En su comunicado lo dicen con la voz de quien vuelve a reconocerse:
“La emoción que sentimos hoy frente a vosotros no se puede explicar con palabras”.
Y es cierto. Porque más allá del titular, lo que se siente es una reconciliación con el pasado. Un regreso que no busca repetir la historia, sino escribir otra, con la misma tinta, pero desde otro lugar.
En un mundo musical donde casi todo se consume rápido, La Oreja de Van Gogh elige volver despacio. Volver con memoria. Volver con Amaia. Y, quizá, ese sea su gesto más valiente.






