De todos los errores que un mafioso podría cometer, el mayor es, sin duda, matar a la novia de Ron Perlman. Pero eso es exactamente lo que sucede en «Ya no quedan junglas», la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Carlos Augusto Casas. Bajo la dirección de Gabriel Beristáin —director de fotografía habitual en producciones de acción y del Universo Marvel—, esta historia se convierte en un intenso thriller de venganza que marca el debut de Beristáin como director.
Co-producida entre España y México, la película aprovecha al máximo los escenarios naturales de San Sebastián, ciudad a la que Perlman viajó para presentarla y, como él mismo dice, “reactivar su historia de amor con España”.
Aprovechando su paso por el festival, Vogue conversó con el actor sobre la conciencia, la nostalgia, los rincones más oscuros del alma y el secreto que comparten todos los intérpretes del mundo.
El resultado: Ron Perlman en su estado más puro.

Bienvenidos a la jungla
“Para mí, el título de la película tiene que ver con la idea del cambio”, comienza Perlman, con su voz grave y pausada. “Habla de alguien que ha llegado a un punto en la vida donde está demasiado cansado para seguir luchando. Siente que todas sus batallas ya ocurrieron. Intenta vivir el resto de sus días en paz, de forma contemplativa… hasta que las circunstancias le recuerdan que aún quedan junglas a las que regresar”.
“El personaje de Theo me atrajo por su conciencia”, confiesa. “Esa voz interior que le impulsa a actuar frente a la injusticia. Todas las decisiones que tomamos —cuando decidimos levantarnos y luchar contra un mar de problemas, como decía Shakespeare— nacen de ahí, de la conciencia. La gran pregunta es: ¿la escuchas? ¿Oyes esas voces que te dicen que algo terrible ha sucedido? Y si las oyes, ¿tienes el valor de hacer algo al respecto?”.
Perlman hace una pausa y continúa: “Puedes ignorarla y seguir con tu vida, sintiéndote miserable porque sabes que no hiciste lo correcto. O puedes actuar, aunque eso signifique poner en riesgo tu propia seguridad. Ese es el dilema de Theo en la película. Y, en realidad, el dilema de todos”.

“No me considero una persona nostálgica”, dice, “aunque sí echo de menos los valores que me inculcaron, esos que hacían que la vida fuera bella. Hoy están siendo atacados, cuestionados cada día. Si quieres llamar ‘nostalgia’ a eso, adelante. Pero para mí tiene más que ver con la responsabilidad de dejar este mundo un poco más hermoso de lo que lo encontramos”.
Perlman se enciende al hablar de ello: “Mi padre me enseñó que una vida hermosa se construye con compasión y determinación. Y me apena ver cómo esos valores están siendo desmantelados por los mismos gobiernos que deberían protegerlos. A veces, somos nosotros quienes tenemos que llenar ese vacío. No debería ser así, pero lo es”.
“He interpretado muchos personajes extremos”, reflexiona. “Rara vez me ofrecen papeles intermedios; suelen ser o muy buenos o muy malos. Lo que me fascina es investigar qué los llevó a ser así. Entender cómo está cableado su cerebro, qué los motiva. Incluso con mis personajes más raros, siempre encuentro una razón. Eso es lo que me apasiona de actuar: jugar con la humanidad”.
Y sonríe: “Hay gente que arma rompecabezas o hace crucigramas. Yo desarmo mentes humanas. Es mi trabajo, sí, pero también mi hobby. Y me sigue maravillando”.

“El cine es la forma de arte más completa”, afirma sin titubeos. “Contiene todas las demás: literatura, fotografía, sonido, edición… El montaje me fascina: cómo puedes yuxtaponer imágenes para crear emoción o tensión. Gabriel Beristáin, mi amigo y director, piensa igual. Antes fue director de fotografía; vive y respira imágenes en movimiento”.
Su amistad con Beristáin se remonta a Blade II (2001), su segundo trabajo con Guillermo del Toro.
“Verlos trabajar juntos fue una revelación. Sabía que esa película sería visualmente impresionante. Desde entonces, Gabriel y yo hemos vivido muchas aventuras. Me emociona verlo ahora contar su propia historia, no solo capturarla. Los directores de fotografía, muchas veces, son más importantes que el propio director. Tienen un impacto inmenso en lo que vemos”.
“Ya no quedan junglas es una película violenta desde el inicio”, admite Perlman. “Lo que le ocurre a esa chica es brutal, y la reacción de mi personaje también debía serlo. La fisicidad, la rabia, el dolor… todo debía sentirse real. Para lograrlo, tuve que entrar en lugares muy oscuros de mi mente. Aunque todo sea un simulacro, tiene que parecer auténtico”.

Y entre risas, confiesa: “No puedes entrar en ese espacio psicológico sin que te afecte un poco. Por eso los actores comemos, nos drogamos y bebemos como cosacos”, bromea. “Te acabo de revelar un secreto por el que probablemente todos los actores me odiarán, pero es verdad: somos unos hijos de perra muy indulgentes”.
“Me considero un ciudadano del mundo”, dice con orgullo. “Desde mi primera película, En busca del fuego (1979), tuve la oportunidad de viajar por África, Escocia y Canadá. He trabajado en seis continentes y medio. Hay personas que ahorran toda su vida para visitar los lugares donde yo he filmado… ¡y a mí me han pagado por hacerlo! Es un privilegio inmenso”.
Su historia con España, además, se ha fortalecido con este proyecto: “Rodábamos en San Sebastián, pero en cada día libre exploraba otra parte del país. He estado dando vueltas por toda España. Esta película ha reforzado mi amor por vuestro país, y algunos de esos recuerdos me acompañarán siempre. Además, en Donosti no se come nada mal”, añade con una carcajada.










